Demons 2 era y es ese lugar donde la demonología y la crítica a la televisión y a sus excesos confluyen, sin demasiadas pretensiones más allá del susto fácil y la hemoglobina, pero ahí está todo expresado: la hipnosis colectica producida a través del la programación televisiva entendida como forma de evasión, y la imagen televisiva como medio a través del cual los demonios entran en nuestra vida. ¿Mirar la televisión puede ser una forma de espiritismo? ¿de invocar y atraer hacia nosotros a los espíritus malignos?. Es más, entonces mirar cine de terror, sin los necesarios filtros, como hacen algunos personajes de la película, puede ser una forma de abrir una ventana hacia el mundo de los demonios.
Fijémonos: la película empieza como queriendo ser la secuela de Demons, la secuela que todos queríamos ver. Pero posteriormente se convierte en un reboot de aquella donde los personajes son los que miran la verdadera secuela de Demons, y al querer mirarla son condenados al infierno, a excepción de la inocente pareja, acompañada de un bebé, que sobrevive al final. Traducido: si quieres ver la secuela de Demons, has de saber que respondes, como ser manipulado y consumista, a una estrategia comercial y de marketing que, en el trasfondo de la realidad que nadie puede percibir, está dirigida por Satanás. El televisor es un invento satánico y los niños no deben ver esas cosas. Por ahí anda el juego y el mensaje de carácter irónico de Demons 2. La mala de la película, por otra parte, es Sally, la chica malhumorada que está celebrando su cumpleaños y que será el hilo conductor hasta el final. El mal humor de Sally se apaga con la hipnosis inducida por el televisor, ese medio de evasión que termina envenando el alma. ¿Y qué hace un niño de 7 años solo en casa viendo cine de terror?.
El edificio ultratecnológico donde transcurre la acción se convierte en imagen del tipo de sociedad que se estaba configurando ya en aquella década: la vida del vecindario regida por la programación televisiva y las fiestas banales, terreno abonado para que los demonios campen a sus anchas y lo arrasen todo. Como cuento de terror, tiene esos ingredientes que la hacen "mágica": desde el momento en que el edificio se queda sin luz, y los residentes empìezan a iluminar la escena con la luz de las velas, y los rugidos demoniacos acechando desde los pasillos, escaleras, el foso y el hueco del ascensor. El cine de terror no hace una demonización de la sociedad, te hace imaginar el lado oscuro de tu vecindario, que un día de repente todos enloquecieran:
Al final, la pareja de inocentes conciben un bebé, algo que Sally parece odiar y por eso va a por ellos, pues la nueva vida encarnada en un bebé, y el amor de una madre, vencen a todas las manipulaciones y a todos los hechizos demoniacos. La secuencia donde el protagonista incendia los televisores para impedir que los demonios se apoderen del mundo es catárquica y contiene todo el mensaje de la película: ¡QUE ARDAN LOS TELEVISORES!. La televisión te posee con sus entretenimientos, mentiras o medias verdades y sugestiones. Una forma de posesión demoniaca.