"Harán de los cementerios sus catedrales y de las ciudades vuestra tumbas" (Bava y Argento, 1985). Y es cierto, vivimos tiempos oscuros, y desde el 2020 podríamos decir que hemos vuelto a la edad media, lo cual es fortuna y no, como suele pensarse, una desgracia. Vivimos en una edad media real y mitológica, donde las pestes, las guerras, la incertidumbre, el fin del mundo y el carácter demoniaco de la realidad están mucho más presentes. Los demonios existen, y la victoria final de Dios sobre el Dragón se acerca. Esta bitácora explora, entre otros asuntos afines, la lucha contra el Dragón tal y como se ha representado en el cine y en las artes populares.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

"Si no hubiera magos, tampoco habría dragones"

 


El dragón del lago de fuego no es una película común, ni tampoco una fantasía medieval Disney para el pasatiempo familiar. Transpira magia y fuego ancestral en casi todas sus imágenes, pues desde el inicio, con esas antorchas que iluminan la oscuridad en el camino hacia el castillo de Craggenmoor, ya anuncia un cosmos donde los magos, la religión y la sociedad comunitaria son los verdaderos protagonistas, y lo hace de forma que cada pieza encaja perfectamente en el desarrollo propuesto. La impecable fotografía, por su parte, evoca la dimensión mágica y legendaria de la edad media, desde los interiores de un palacio o fortaleza, los paisajes naturales, la gruta de camino hacia el dragón, o un cielo eclipsado, con una puesta en escena que no desaprovecha ninguno de sus elementos. Y el magistral diseño, recreación y efectos especiales en lo concerniente al dragón Vermithrax, seguramente la mejor recreación de un dragón jamás vista en la historia del cine, haciendo que la película sea un maravilloso y sobrecogedor espectáculo en ciertos pasajes.

Por otra parte, si entendemos que la fantasía medieval es la mejor forma de exponer la significación espiritual del funcionamiento de la civilización europea a lo largo de los siglos, donde el dragón representa a esas fuerzas caóticas, destructivas e ingovernables de la naturaleza y, en última instancia, a Satanás, la princesa a la belleza e inocencia de un mundo en peligro, y el caballero-mago en este caso la encarnación del alma heroica que a pesar de todo persevera en la lucha contra el mal, vemos que esta película es paradigmática, clásica, y romántica desde la superficie hasta sus entrañas. Vencer o dominar al dragón que esclaviza a la sociedad (en este caso representada en un pequeño reino medieval) es el objetivo perseguido. Valerian le entrega al mago Ulrich escamas y garras de dragón, con lo cual el mago lucha contra el mal utilizando los mismos atributos del mal, en un entorno donde la magia pagana todavía es predominante frente al poder de la cruz cristiana. El mago existe en contraposición al dragón, pero los dragones existen porque los magos existen, es decir, la magia implica una cierta connivencia con el satanismo, pues el dragón encarna a esa luz astral (éter, o campo energético sutil de la materia) sobre la cual operan los magos. Por eso Ulrich toma la decisión de sacrificar su vida, para destruir al dragón. 

La noción de sacrificio para preservar un cierto orden y la supervivencia de una comunidad, implicando a cambio la destrucción de la pureza y de la belleza del mundo, nos habla de como funciona el mundo real. El dragón actual, encarnado en las fuerzas del capitalismo salvaje y del liberalismo, mantiene un cierto orden a cambio de la muerte, la contaminación medioambiental, el ataque a la infancia y a la cultura del verdadero orden y la verdadera belleza. El caso es que la princesa Elspeth se ofrece voluntariamente para el sacrifico en beneficio de la comunidad, con lo cual debemos considerar que ese noble principio (el interés colectivo está por encima de los intereses particulares) entra dentro del orden y de las reglas impuestas por el dragón, cuando se trata de una sociedad, no libre en Dios, sino esclava de Satanás. Podemos pensar en cómo han funcionado algunas formas del totalitarismo en el siglo XX. 

Hay un detalle muy importante en la película; Valerian recibe de su padre una cruz a manera de amuleto. Ello se contrapone con el amuleto utilizado por el caballero-mago Galen Bradwarden, discípulo de Ulrich, un amuleto pagano, un pequeño cubo que emite luz cuando el mago opera. Cuando Ulrich se dispone a realizar su sacrificio en la batalla final contra el Dragón, primero mira y toca con la mano la cruz de Cristo, y acto seguido hace lo mismo con el amuleto pagano, ese amuleto que ha de ser destruido, provocando la muerte de Ulrich y, por ende, la del dragón. Los magos y sus sortilegios deben perecer, comienza la era del poder de la cruz de Cristo, el corazón de Valerian. Hay un tono en la película de elegía y nostalgia ante el final de la era de los magos y de los dragones, sin embargo, la magia pagana será sustituida por la magia de Cristo, el verdadero poder de la Palabra. No obstante, cuando el dragón yace chamuscado en la tierra, el rey Casiodorus clava su espada en el cuerpo del dragón, atribuyendo la victoria a su reinado cristiano, enalteciendo el estandarte de la cristiandad, pero el dragón ha sido vencido gracias al sacrificio de un mago pagano. Es decir, el espíritu cristiano ya estaba en cierta forma en Ulrich, y lo que ahora empieza es esa fusión entre el mago y la cruz cristiana. Toda la película, en definitiva, se fundamenta en esa idea de que nunca podremos vencer al mal sin renunciar a nuestro propio ego y a nuestra propia individualidad, sin entregar la vida a un principio superior a nosotros mismos. Y eso vale no solo para la preservación de una comunidad en sentido amplio, sino también para preservar la relaciones interpersonales, en núcleos básicos como puede ser, por ejemplo, el matrimonio: es difícil que los dos miembros del matrimonio tengan la misma disposición a humillarse, pero uno de los dos tiene que ceder y humillarse, vencer el ego, siempre dentro de unas normas de respeto, dignidad y convivencia.

Las secuencias en las que, o bien Galen (Geylin) o bien Valerian se adentran en la tenebrosa gruta que lleva al lago de fuego donde habita el dragón, evocan esa idea alegórica acerca de adentrarse en lo oscuro de la vida y de la existencia, pues no podemos afrontar la oscuridad sin conocerla en cierto modo. De hecho, el mago Ulrich renace de sus cenizas en el mismo lago de fuego, de la misma substancia que cobija al dragón.  Es allí, en esa gruta oscura, donde Valerian obtiene las garras, y las escamas de dragón con las que fabrica un escudo con el cual Galen puede protegerse del fuego del dragón. Quizás no es tanto vencer el mal con las armas y los atributos del mal, sino más bien comprender cómo funciona este mundo regido por el dragón y, como dice la Palabra, ser inocentes como palomas, pero astutos como serpientes. 




martes, 15 de septiembre de 2026

De la leyenda del Conde Arnau

 


Per desgràcia, el cine no ha donat un obra fidel al folclore entorn al comte Arnau. Proposem acostar-nos a les fonts lliteràries per a un millor coneiximent d'aquesta llegenda catalana. Es proposa la llectura del seguents textos:

 La leyenda del comte Arnau

 I aquest altre de la biblioteca Cervantes

La leyenda del jinete maldito

El alma en pena más famosa de Catalunya

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Marcado por los dioses


Dar (Marc Singer) es el que camina sobre la tierra pero ve desde las alturas de los dioses. Los créditos iniciales, alternando la imagen del halcón a la del tigre negro, la de la visión celeste a la de la fuerza terrena, ya perfilan el espíritu de ese guerrero ario que lucha en un mundo regido por el Dragón, señalado por la profecía para destruir el poder del mago negro, Maax. Éste hace que Dar sea sellado con la marca del Dios Ar, hace que no nazca del seno de su madre, lo que lo convierte, por predestinación, en un ser extraño y apartado. y lo destina al sacrificio inmediato, Sin embargo, por voluntad de otro Dios, un campesino salvará la vida del bebé de las garras de una de las brujas que gobiernan la oscuridad junto al mago negro. Desde ese momento, la marca de Ar, en principio señal para la destrucción de Dar, será brújula en el camino hacia el templo de Ar y la destrucción del mal. Hay un Dios más poderoso que Ar, hay un camino paralelo pero inverso a los planes del maligno. A Dar se le da un pueblo humilde y pequeño que sobrevive en núcleos aislados, un pueblo dedicado a la caza, la azada y la familia, un pueblo al que pertenecer y al que defender, y que será atacado por los Jüns. El poder satánico del mago negro, siempre un poder global y totalizador, ataca a los pueblos de la tierra. La individualidad de Dar es la individualidad del hombre contemporáneo, que vive en un mundo donde la identidad de los pueblos ha sido destruida por las fuerzas del globalismo. Y así, Dar, como el no-nacido que es, lucha por el bien sin recibir corona ni reconocimiento alguno, de hecho su propio padre jamás lo reconoce como hijo, ni como miembro de su pueblo. Algo que Dar sobrelleva con actitud humilde.

El halcón encarna el principal poder y atributo del señor de las bestias, de hecho el medallón con la imagen totémica del ave suprema, que le es entregado por un grupo de divinidades del mundo subterráneo, significa esa intervención final a favor de la resistencia que será factor decisivo en la victoria frente a los Jüns. No obstante, hay un Dios que está por encima de todos los demás, y que es el que teje todos los hilos de la providencia. Por eso la marca de Ar es, finalmente, la marca de Dios.

La película de Coscarelli es otro buen ejemplo de cine hecho con escasos recursos pero mucho esmero y pasión, a pesar de la irregularidad en su desarrollo y de algunas soluciones poco inspiradas, pues la verdad es que, en los universos de la espada y brujería, se requiere la construcción de un cosmos ordenado y coherente, donde sus leyes teológicas sean visibles en cada aspecto de la trama, sin que haya necesidad de elucubrar demasiado.



jueves, 3 de septiembre de 2026

El ángel y la princesa

 


Antes de proseguir, y como modelo de película fallida en estos menesteres, recordamos El caballero del Dragón, película española dirigida por Fernando Colomo en 1985, en su día presentada como la película más cara de la historia del cine español. Viendo que es una película totalmente denostada en general, la revisamos por si acaso había algo que valorar o rescatar en ella.  En principio, tenía todos los ingredientes necesarios: conjuros mágicos, princesas, dragones, una recreación medieval de las tradiciones y el costumbrismo patrio - con una estimable mirada socarrona y anticlerical - y una fotografía y diseño artístico bastante solventes. La temática no podía ser más interesante: los dragones de la antigüedad se identifican con naves espaciales que visitan la tierra, y la autoridad religiosa, confundida, identifica con Satanás lo que podrían ser ángeles de Dios (o ángeles caídos, si fuera el caso). La edad media mitológica, lugar central de los ideales, arquetipos y de la identidad de los europeos, se muestra bajo un tratamiento solemne, prometedor en principio porque dentro de esa solemnidad incluye la ironía y sus momentos jocosos, pero que finalmente, sin ton ni son, deriva en una parodia más propia de una película de los Monty Python, solo que aquí lo cómico o divertido brilla por su ausencia. En definitiva, una película que no encuentra el tono concreto ni su identidad, que de su estimable tono solemne al inicio degenera en lo ridículo, y que ello repercute en las malas interpretaciones de un excelente elenco de actores que no se puede creer nada de lo que está haciendo. 



martes, 1 de septiembre de 2026

Del invierno a la primavera



Las obras del escritor C.S Lewis son un mensaje de espiritualidad aria y europea. En concreto, hay que estar al tanto de obras suyas como Las Crónicas de Narnia, cuento de fantasía épica dirigido principalmente al lector más joven pero perfectamente aprovechable por los adultos como alimento estético y espiritual. Y dado que no siempre tendréis tiempo para leer ciertas cosas, tenemos la película Las Crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario del año 2005, por lo visto bastante fiel a la esencia del libro y un buen resumen de su mensaje. La película no es un simple entretenimiento para los más pequeños de la casa, nos trae la reflexión acerca del paso de las estaciones y, por ende, del tiempo, en el sentido de evolución, aprendizaje, sacrificio, triunfo de la luz y el color sobre la tiniebla helada de la Reina bruja. El poder metafórico es evidente: recorrido desde el reposo invernal hasta la primavera, tiempo de coger la espada y vencer el Mal. No es ninguna obra maestra, pero la película es un lujo a todos los niveles (aunque fue bastante infravalorada en su momento porque todos teniamos el corazón y la atención puestos en la adaptación de El Señor de los anillos realizada por Peter Jackson) especialmente el diseño artístico y la fotografía que le confieren una ambientación y una estética clásica y medieval verdaderamente evocadora y exquisita. Indicar, por último, que a consecuencia de todo ello es una película sobre todo para la Navidad y el invierno.




La prueba de los dioses

 


Al hilo de todo lo que está retornando con motivo del estreno de Masters del Universo (2026), esa obra cumbre que inspira aquello que comienza ahora, fijamos la atención en la serie animada de principios de los ochenta, Ulises 31. La fantasía permite abrir los ojos a un futuro que ya es presente, y que podemos vislumbrar con los ojos del alma. Cuando, en el caso del cine, la fantasía se asocia con la ciencia ficción, entonces la sabiduría y los arquetipos del mundo antiguo se dan la mano con la tecnología y el futuro más radiante y expansivo (expansión de la conciencia, de los límites de la existencia y de la capacidad de soñar), el cual es el objetivo final de todo proyecto político, cultural o filosófico. Ulises 31 nos dejó en su día una impronta de la que no éramos conscientes todavía, hizo que miráramos al espacio exterior como pasaje y destino en ese viaje hacia Dios y los misterios del alma humana, pues no hay nada en el alma humana que no provenga de los "dioses".  Y, vista hoy en día, sigue teniendo esa capacidad de transmitir la sensación de trascendencia, la convicción de un más allá que nos espera en algún lugar del universo.  Visionarla es, de hecho, como vivir un extraño sueño en el que se mezclan la sensación abismal que provoca la idea de un universo poblado de dioses-demonios que acosan al humano, tan insignificante y pequeño en esa inmensidad que lo acoge, por momentos se diría que es aterradora, en otros dulce y ensoñadora, con una banda sonora donde los sonidos más espirituales y clásicos se combinan con un sonido rock-metal muy de los setenta. Por si fuera poco, aquí Ulises es, efectivamente, como un Jesucristo convertido en cosmonauta, y la conclusión del viaje guarda una lección acerca del sacrificio y el espíritu abnegado: Ulises solo consigue volver a su patria cuando está dispuesto a sacrificar su libertad y su vida en favor de un colectivo, de su equipo de cosmonautas que le acompañan en la nave Odiseus. Esa era la prueba de los dioses a superar, dioses-demonios que dejan de tener poder sobre él en el momento en que se entrega al sacrificio. Es como si el panteón griego fuera vencido por ese Jesucristo cosmonauta que, a lo largo de los sucesivos episodios, va siendo tentado y probado de diversas formas hasta que en el episodio final encuentra su liberación.






lunes, 17 de agosto de 2026

Drácula 1979: John Badham y las tinieblas de Satanás

 


El hecho de que John Badham eligiera originalmente, para su versión de Drácula en 1979, eliminar los colores vivos y apostar por una fotografía practicamente en blanco y negro, resulta en algo más que una emulación a los clásicos de los años 30. En algo simbólico pero también narrativo. Badham concentró toda la narrativa en el flujo maligno procedente del conde de transilvania, de manera que la desaturación se convierte en expresión del mal que invade las inmediaciones de la abadía de Carfax, desde esas primeras secuencias del barco que se aproxima a los escarpados puertos de Inglaterra, mostrando siempre una atmósfera neblinosa, la ausencia practicamente de color, un lugar donde nunca luce el sol, pero la luz blanca mortecina de la luna y el canto de los lobos son constantes. Tan solo la luz de las velas que alumbran las habitaciones y los salones desprenden una tímida luz dorada que sirven de signo incipiente hacia la conclusión: la luz triunfa sobre las tinieblas, por muy débil que sea al principio. Es la ausencia del sol y de su luz dorada el punto principal que nos llevará a la resolución final. Por tanto, el quasi blanco y negro elegido por Badham se convierte en expresión de ese reino de las tinieblas traído por el vampiro, en contraposición al esplendor de luz solar que triunfa en el momento final en que el disco del sol luce con un dorado ya más intenso que acompaña a la visión de un cielo azul nunca visto en toda la película hasta ese momento, y a la del colorido de los banderines ubicados en el mástil del barco. Badham utiliza el color como signo del triunfo del bien sobre el mal, por mucha empatía y misericordia que llegemos a sentir hacia el solitario y romántico conde interpretado por Langella, y en la única secuencia sexual-amorosa inflama la atmósfera con el rojo-pasión de la lujuria . Evidentemente, esta significación narrativa no hubiera sido posible si hubiéramos optado por la edición en colores vivos, mucho menos expresiva. Ya sabemos, pues, cual es la buena.

Por lo demás, puede que no sea la mejor versión de Drácula, pero sí será de las favoritas, algo especial, con unos diálogos exquisitos, un casting rebosante de clásicos, una puesta en escena que te hace ver que, efectivamente, la noche es estremecedora, y que nunca las ventanas cerradas han sido tan escalofriantes como aquí, debido al espeluznante avance del vampiro que las abre. Y la música de John Williams.