La densa oscuridad representada mediante ese "discurso de la sombra" que utiliza Gary Dauberman se inspira claramente en los tiempos del COVID, pues esta película es coetánea de aquellos momentos y espejo de la consecuente alma colectiva en todo el planeta. Pero lo que interesa ahora es fijarse, ya que hemos tomado a Salem's Lot como representación del mundo, en el mundo rural, en la vida de los pueblos pequeños, esa vida que a veces idealizamos o dulcificamos por sus motivos bucólicos, o de refugio frente a la vida en las grandes ciudades. Y esta entrada, por primera vez desde que existe esta bitácora, va a tener un caliz muy personal, a manera de testimonio personal de quien esto escribe, alguien que, como el protagonista de la película, pasó su infancia en un pequeño pueblo provinciano de la comunidad valenciana. Antes de empezar mi exposición, téngase en cuenta una cosa: el carácter demoniaco de la realidad en la que vivimos pocas veces ha tenido una expresión tan lúcida como en la obra de Stephen King, y en esta cruda y intensamente tenebrosa película de Gary Dauberman.
El pueblo donde pasé buena parte de mi infancia era idílico, verde, rodeado de montañas y campos de naranjos. Crecí durante la década de los ochenta del siglo XX, una época muy espléndida para los niños: estabilidad, crecimiento en economía y en comodidades, en acceso a la cultura y a la educación, una época de gran riqueza creativa en el mundo del cine y la televisión, una época donde el rock estaba de moda y la música pop en general era de gran calidad. Los niños no solo se divertían jugando en la calle hasta la hora de la cena, tenían unos referentes musicales, televisivos, cinematográficos, que acompañaban los juegos y las peleas típicas de la edad. Lo teníamos todo, y sin embargo en esta entrada voy a hablar del reverso oscuro de toda aquella realidad. Porque el pueblo de mi infancia, como supongo todos los pueblos, era y es un lugar oscuro y demoniaco. Para tratar de hacer entender esto que quiero exponer, tomaré como referente la experiencia de un familiar muy cercano, con quién pasé gran parte de aquel tiempo dorado, una de esas personas con las que estás muy unido durante la infancia, pero luego a partir de la adolescencia los caminos divergen, y ambos terminamos viviendo en la ciudad chica, ya lejos de la vida en el pueblo. El caso es que recientemente coincidí con ella en un velatorio. El velatorio tuvo lugar en el pueblo. Yo, en cierto modo, disfrutaba volviendo a ver aquellos rostros del pasado, rostros ahora envejecidos, pero que aún podía recordar. Me gusta recordar, trato de vivir agradecido por todo lo que me ha pasado en la vida, ya sea más bueno o no tan bueno. Sin embargo, esta persona, a la que en adelante me referiré como D, hizo un comentario muy explícito: "Yo ya no me acuerdo de nadie en este pueblo", como queriendo decir que ya no reconocía ninguna de las personas que acudían al velatorio. Y, sin embargo, D vivió allí durante muchos años más que yo, y tenía amistades más arraigadas, puesto que desde que yo me trasladé a vivir a la ciudad chica, pronto perdí el contacto con las amistades del pueblo. Pero hay un antecedente a esta anécdota; aproximadamente un año antes del velatorio, coincidí con D en las calles de la ciudad chica. Y D me comentó que se había comprado una casita en los campos circundantes al pueblo de nuestra infancia. Yo me alegré de escuchar aquella noticia, y le expresé que a mí también me gustaría volver al pueblo, y terminar mis días en la tierra de nuestros abuelos, allí donde crecí. Yo esperaba algo de complicidad en D, que de alguna forma el sentimiento fuera mutuo. Pero su rostro empezó a ensombrecerse ligeramente, y me miró con expresión de extrañeza, diciéndome: ¿Tú crees?. Claro, para D la casita en el campo era un lugar de recreo o donde pasar las vacaciones, pero D no lo había dicho en el sentido de volver a nuestras raices, lo cual yo entendí y acepté perfectamente. Pero lo que realmente me preocupa y me enciende las alertas fue el posterior desarrollo de aquella breve conversación. Tratando yo de explicar el por qué me gustaba la idea de retornar al pueblo, le hablé, pensando en D y en todas las cosas que vivimos juntos en nuestra (supuestamente) maravillosa infancia, le dije algo así como: cuántos bellos recuerdos...así, desde la nostalgia, pero con satisfacción por todo lo vivido. Y, entonces, el rostro de D se ensombreció mucho más. Apartó la mirada, y se despidió de mí de forma muy fria, avanzando por la acera de la ciudad chica con su patinete eléctrico (estos que están de moda ahora), mientras yo seguí caminando hacia casa en la dirección opuesta.
Preocupado por la actitud de D, durante meses he tenido que rememorar y urgar en el pasado, en el de D y en el mío, para tratar de entenderlo. ¿Fue el pueblo de nuestra infancia un lugar bello que se correspondía con la mejor de las épocas que un niño haya podido vivir? ¿Sí, o no?. He tenido que mirar más allá de la superficie de la vida de mi muy querido D, y tratar de comprender sus percepciones y su dolor. ¿Qué supuso para D, realmente, el pueblo de nuestra infancia?. Y entonces empiezo a recordar. A recordar historias, hechos, impresiones, que D me contaba en noche profunda cuando, siendo unos niños de 10 años de edad, compartíamos habitación en casa de nuestros abuelos, padres, tios, etcétera (teniamos familia o amigos repartidos por medio pueblo, y sus casas y habitaciones a menudo estaban abiertas para nosotros). D era un niño muy sensible, percibía cosas, sabía escuchar ciertas cosas que pasaban en el pueblo, y me las contaba a mí cuando yo ya hacía algunos años que vivía en la ciudad chica. Digamos que esas historias o hechos trataban sobre los locos del pueblo. Todos los pueblos tienen por lo menos dos o tres, esas personas que, se dice, no están bien, y los niños les hacen bromas, se burlan de ellos, la gente del pueblo en cierta forma los maltrata o los ridiculiza. Porque, ciertamente, esos "locos del pueblo" son personas que van por la calle gritando, diciendo extravagancias, etcétera. Pero ¡cuidado!, desde aquí siemplemente os digo que esos "locos", pueden estar poseídos por demonios, pero los ángeles de Dios también los usan para decir verdades que el mundo no quiere aceptar. Ese sería otro tema, en todo caso. Lo importante es esto: D me quería hacer entender que esos locos (que en su mayoría eran personas ya ancianas) fueron en su juventud personas muy brillantes en algún aspecto, incluso personas especialmente bondadosas, y que, debido a la envidia que ello suscitaba, fueron perseguidos y maltratados por la gente del pueblo. Incomprendidos, aislados, maltratados, terminaron perdiendo el juicio y convirtiéndose en los locos del pueblo, viviendo en la indigencia material y la enajenación mental. Y D me lo contaba como indicándome que eso pasaba en el pueblo, por ser pueblo, porque en los pueblos todos se conocen, todos se vigilan, y todos tienen mayor facilidad para, mediante el chismerío u otras argucias, confabular contra una persona. Y siempre es una mayoría contra unos pocos, normalmente de alma noble o talentosa en algún aspecto. ¿Vamos entendiendo el trasfondo real de la obra de Stephen King, y de la película de Dauberman?. D me enseñó que el pueblo estaba, de alguna forma, endemoniado.
Y luego seguí indagando en los recuerdos. Yo ya vivía en la ciudad chica, pero D permanecía en el pueblo. Estamos a principios de los años noventa, tendríamos unos 15 años de edad. Y me hablaba sobre cosas muy tristes que le sucedían pero no me decía qué era exactamente, y yo le insistía, intrigado, una y otra vez, que me las contara, pero él se negaba, y yo preguntaba que por qué no me las podía contar. Porque son cosas demasiado tristes, me decía. Jamás me las contó, y a día de hoy no creo que haya esperanzas de conocerlas ni que sea necesario saberlas. Lector, estarás pensando, que todo esto son los dramas típicos de los adolescentes, y que la demonología aquí no tiene nada que ver. Estoy deacuerdo, solo quiero contextualizar todo eso en el marco de esa oscuridad que habita en pueblos que parecen bellos e idílicos. Porque nunca compartí la tristeza de D, y estoy tratando de comprender el origen de todo ello. Y el origen de esas persecuciones, de esa maldad real y aterradora, es demoniaco. Las películas te muestran a personas poseídas por demonios, las películas revelan aquello que nosotros no vemos pero, como en el caso de D, sí podemos presentir o percibir de alguna manera. Se trata del origen espiritual del mal, y de eso trata Salem's Lot (2024). D, al cabo de unos años, también se fue a vivir a la ciudad chica. Ya en esa época en que teniamos 15 años de edad me hablaba de la incomodidad que sentía al vivir en ese pueblo, que quería volar de allí y olvidarlo todo. Ahora solo quiere su casa de campo para estar solo y descansar en vacaciones, pero no quiere recordar o ver a la gente del pueblo. Algunos escribimos sobre demonología, otros perciben muchísimas cosas más.
Seguimos a principios de los noventa. Yo y D conversando bajo las estrellas de la noche profunda, cuando yo iba al pueblo para veranear. En un momento dado me habló de esa extraña y fria oscuridad que a veces invade a cualquier persona. Cito las palabras más o menos textuales de D, porque éstas las recuerdo bien: "esta tarde, cuando estábamos en el corral de la abuela, mientras bajaba la rampa que conduce al huerto, me invadió una sensación de angustia. Es como si, de repente, sintiera que la vida no tuviera sentido, que no soy nada, que todo es una mierda y que nada merece la pena". Os aseguro que D no era una persona depresiva, ni estaba pasando por una depresión. Fue un pensamiento extraño que le invadió. Quizás algunos de vosotros habéis tenido esos extraños bajones de ánimo. En esta bitácora ya hemos afirmado que eso tiene origen demoniaco. Satanás o va a la contra de Dios, o imita las cosas de Dios para disimular. La palabra de Dios dice que el ser humano tiene origen divino y que está destinado a ocupar en los cielos del reino eterno de Dios la vacante dejada por los ángeles caídos que fueron expulsados. Pero para ello hay que creer en la Palabra de Dios y obrar en consecuencia. Satanás dice la contraria: no sois nada, Dios no existe, nada merece la pena, ni el bien, ni el mal, nada merece la pena. Quiere hacernos creer que no somos nada, que tampoco existe una Ley en el universo, para destruir nuestras almas y evitar que entremos en el reino de Dios. Mi querido D no era creyente, nunca lo ha sido, y lleva una vida desordenada en lo que respecta a las cosas de Dios. Satanás sabe a quién susurrarle. No lo hace literalmente con palabras, pero sí tiene el poder de dejar determinadas impresiones o ideas en la mente de las personas. Y eso son esos extraños, súbitos e invasivos bajones de ánimo. Yo también los percibí cuando vivía en el pueblo y tenía unos siete u ocho años, tal vez menos. Es esa oscuridad fría que te invade, como un pensamiento opresivo. Los viví en casa de mi abuela, mientras miraba el oscuro trastero ubicado en la parte trasera de la casa. El "efluvio" venía de allí, mientras yo jugaba en un salón-comedor muy iluminado por una aurelita del techo. Mi padre ya me habló de ello; en alguna ocasión, tras ver algún programa de Jiménez del Oso, hablábamos sobre estos temas. Y él me decía que recuerda como, desde niño, sentía un terror frio cada vez que entraba en el oscuro trastero de casa de la abuela. Y en ese trastero es donde colgaron a la gente en tiempos de la guerra civil, entre otras posibles atrocidades que mi padre nunca ha querido contarme por razones obvias...¿cómo iba yo a asimilar que mi muy atenta, cariñosa, pacífica y dulce abuela escondía un monstruo en su interior?. Pero ahora sé que no era mi abuela, son demonios. Y que, cuando se cometen atrocidades en un determinado lugar, es como abrir una puerta a los demonios en ese lugar. Y ese "efluvio" se queda ahí. No son el espíritu de los muertos ajusticiados (los muertos nada saben, dice la Biblia), son "energías" de origen demoniaco. Por eso mi padre los percibía, y yo también. Y ahora entiendo el miedo o la tristeza de D cuando le hablo de "los bellos recuerdos de aquella época". La única diferencia entre él y yo es que yo siempre he creído en Dios y tenía un horizonte de esperanza. Pero ¿cómo va sentirse alguien sin esperanza ante esas frías oscuridades que nos acechan, y que no puede ni definir ni identificar, y de las que no puede escapar en su camino por este valle de sombras?
Eso es exactamente Salem's Lot (2024). La vida transcurre tranquila, normal, luminosa en apariencia, los pueblos parecen bellos, bucólicos, recogidos y acogedores, la gente parece amable y buena. Pero el alma de sus habitantes está muerta y terminan convirtiéndose en recipientes para los demonios. Tenemos que entender que estamos en medio de un conflicto cósmico en el que Satanás quiere hacer creer que somos una "chamba" genética sin sentido, y que nada merece la pena. Las promesas bíblicas son claras: Cristo pagó por nuestros pecados, tenemos la puerta al cielo abierta, sólo tenemos que creer y aceptar el pacto. Satanás no tiene más poder que el que nosotros le otorgamos al entrar en rebeldía contra Dios.
