Tony Randel dirigió en 1988 la segunda parte de la obra cumbre de Clive Barker, aquella en la cual se establecía una red de pactos y relaciones entre el mundo de los demonios (cenobitas) y los humanos que buscan dar rienda suelta a sus perversiones. Era evidente que la obra de Barker no era una fantasía al uso sobre demonología, sino ante todo un despliegue de creatividad donde lo onírico servía al propósito de proyectar o expresar simbolicamente el abismo interior del artista, siendo ante todo un relato sobre el deseo y la lujuria carnal. Siguiendo este hilo, el sentido del cine fantástico, por encima de lo creativo o lo poético, siempre ha sido el de llevarnos a una cosmovisión del mundo de tipo tradicional, donde las realidades espirituales (ángeles o demonios) que habitan más allá de las posibilidades de la percepción humana, se representan con las formas más diversas y, a veces, grotescas. La película de Tony Randel, en ese sentido, es una salvajada visual, bizarra y perturbadora, que en cierto modo supera a la cinta de Clive Barker, y llega a un cierre y resolución que, a pesar de la retahila de secuelas que vinieron después, supone un punto y final a un perfecto díptico donde al final resulta que los cenobitas son seres humanos que degeneraron, movidos por el deseo, hasta convertirse en seres infernales. Toda la fantasía, lejos de ser una demonología clásica, se convierte en expresión surreal de lo más oscuro de la condición humana, independientemente de la existencia de los demonios, a la cual se accede por medio del cubo mágico que, al ser manipulado, dibuja formas geométricas que abren puertas en la mente humana hacia el averno. Un averno que está dentro y fuera de nosotros.