Dejemos apuntado una doble sesión de cine que en sí misma es un ciclo y una lección de demonología. En primer lugar, la película Instinto Básico de Paul Verhoeven, cine irónico, cine que muestra y dice lo contrario a lo que debe ser o al bien moral. En su momento, se decía que la película es asquerosa por todo lo que muestra: personajes enfermos de lujuria, la belleza femenina banalizada y prostituida, cinismo, materialismo extremo y superficialidad. Pero, como ya han apuntado otras voces muy sabias, Verhoeven es un cineasta irónico que denuncia aquello que muestra en la pantalla, seguramente apuntando directamente a la industria del cine. Instinto Básico es una película que, sin recurrir a elementos de la fantasía popular, te muestra el aspecto demoniaco de la realidad, y se ven demonios casi en cada uno de sus planos. La referencia a Hellraiser no es para nada casual, pues es el mismo mensaje de la película de Clive Barker pero prescindiendo de elementos fantásticos y mostrado en un trhiller policiaco.
Esto nos lleva, en la segunda parte de la sesión, a El Morador de las Tinieblas, joya del Videoclub de los ochenta. El problema, respecto a Instinto Básico, es que, ante una masa de espectadores - como por desgracia sucedió a principios de los 90 - desprovistos del necesario filtro, normaliza el mal, porque quien contempla el mal, lo esta invitando a entrar en su vida. Otros pueden pensar, y con fundamento, que la película nos hace conscientes del mal en la sociedad de consumo, y nos previene contra las seducciones de la mujer o el hombre perverso, y por tanto la película instruye y educa si se tienen los filtros adecuados. Sea como sea, podemos considerar una anomalía el que cineastas como Verhoeven tengan la relevancia y cobertura comercial que tuvo en este caso, y que son obras cuyo mensaje y propósito debería circular en ámbitos muy restringidos y bajo determinados filtros. Volviendo a El Morador de las Tinieblas, ofrece una muy fluida moraleja sobre los artistas que de un modo u otro representan el mal en sus obras, y cómo la contemplación del mal, tanto por parte del creador como de su público, es una invitación a que ese mal entre en nuestras vidas. Es más, el artista, como creador del imaginario colectivo, permite que los demonios adquieran una cierta "materialización" corporal, que es como se manifiestan a través de la fantasía popular. En este caso, una suerte de mezcla entre el hombre lobo, el Bigfoot y un goblin u orco de las sombras.
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