Fantasmales vías de tren bajo el sol del mediodía, y una tormenta de lluvia ácida que avanza en un cielo todavía despejado, obligando al grupo de caminantes a refugiarse en el inframundo de los laboratorios, ordenadores, pasillos, galerías, oficinas sucias y abandonadas. La precariedad de medios, junto con el planteamiento minimalista, convierte a dicho refugio en un averno donde se materializan todos los miedos: la claustrofobia concibe y da a luz a sus propios demonios, como también puede hacerlo la ingeniería genética. Y, aunque se trata de una película fundamentada en esa atmósfera claustrofóbica, aporta esa sensación de regocijo de estar escondido en lo más oscuro (interno) de un mundo exterior en el cual está la amenaza real. Estamos hablando, sí, de lo que ahora se llama espacio liminal, una forma de visión onírica, evocación de lo desolador, desde donde los demonios acechan. Mirar el apocalipsis, especialmente uno tan horrorífico como este, hace que valores mucho más el normal discurrir de la realidad. También puede hacer, por contra, que ese "mágico" mundo representado te haga sospechar de lo real cotidiano, que parece tan estable y seguro, y tal vez no lo es, o no por mucho tiempo.
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