El dragón del lago de fuego no es una película común, ni tampoco una fantasía medieval Disney para el pasatiempo familiar. Transpira magia y fuego ancestral en casi todas sus imágenes, pues desde el inicio, con esas antorchas que iluminan la oscuridad en el camino hacia el castillo de Craggenmoor, ya anuncia un cosmos donde los magos, la religión y la sociedad comunitaria son los verdaderos protagonistas, y lo hace de forma que cada pieza encaja perfectamente en el desarrollo propuesto. La impecable fotografía, por su parte, evoca la dimensión mágica y legendaria de la edad media, desde los interiores de un palacio o fortaleza, los paisajes naturales, la gruta de camino hacia el dragón, o un cielo eclipsado, con una puesta en escena que no desaprovecha ninguno de sus elementos. Y el magistral diseño, recreación y efectos especiales en lo concerniente al dragón Vermithrax, seguramente la mejor recreación de un dragón jamás vista en la historia del cine, haciendo que la película sea un maravilloso y sobrecogedor espectáculo en ciertos pasajes.
Por otra parte, si entendemos que la fantasía medieval es la mejor forma de exponer la significación espiritual del funcionamiento de la civilización europea a lo largo de los siglos, donde el dragón representa a esas fuerzas caóticas, destructivas e ingovernables de la naturaleza y, en última instancia, a Satanás, la princesa a la belleza e inocencia de un mundo en peligro, y el caballero-mago en este caso la encarnación del alma heroica que a pesar de todo persevera en la lucha contra el mal, vemos que esta película es paradigmática, clásica, y romántica desde la superficie hasta sus entrañas. Vencer o dominar al dragón que esclaviza a la sociedad (en este caso representada en un pequeño reino medieval) es el objetivo perseguido. Valerian le entrega al mago Ulrich escamas y garras de dragón, con lo cual el mago lucha contra el mal utilizando los mismos atributos del mal, en un entorno donde la magia pagana todavía es predominante frente al poder de la cruz cristiana. El mago existe en contraposición al dragón, pero los dragones existen porque los magos existen, es decir, la magia implica una cierta connivencia con el satanismo, pues el dragón encarna a esa luz astral (éter, o campo energético sutil de la materia) sobre la cual operan los magos. Por eso Ulrich toma la decisión de sacrificar su vida, para destruir al dragón.
La noción de sacrificio para preservar un cierto orden y la supervivencia de una comunidad, implicando a cambio la destrucción de la pureza y de la belleza del mundo, nos habla de como funciona el mundo real. El dragón actual, encarnado en las fuerzas del capitalismo salvaje y del liberalismo, mantiene un cierto orden a cambio de la muerte, la contaminación medioambiental, el ataque a la infancia y a la cultura del verdadero orden y la verdadera belleza. El caso es que la princesa Elspeth se ofrece voluntariamente para el sacrifico en beneficio de la comunidad, con lo cual debemos considerar que ese noble principio (el interés colectivo está por encima de los intereses particulares) entra dentro del orden y de las reglas impuestas por el dragón, cuando se trata de una sociedad, no libre en Dios, sino esclava de Satanás. Podemos pensar en cómo han funcionado algunas formas del totalitarismo en el siglo XX.
Hay un detalle muy importante en la película; Valerian recibe de su padre una cruz a manera de amuleto. Ello se contrapone con el amuleto utilizado por el caballero-mago Galen Bradwarden, discípulo de Ulrich, un amuleto pagano, un pequeño cubo que emite luz cuando el mago opera. Cuando Ulrich se dispone a realizar su sacrificio en la batalla final contra el Dragón, primero mira y toca con la mano la cruz de Cristo, y acto seguido hace lo mismo con el amuleto pagano, ese amuleto que ha de ser destruido, provocando la muerte de Ulrich y, por ende, la del dragón. Los magos y sus sortilegios deben perecer, comienza la era del poder de la cruz de Cristo, el corazón de Valerian. Hay un tono en la película de elegía y nostalgia ante el final de la era de los magos y de los dragones, sin embargo, la magia pagana será sustituida por la magia de Cristo, el verdadero poder de la Palabra. No obstante, cuando el dragón yace chamuscado en la tierra, el rey Casiodorus clava su espada en el cuerpo del dragón, atribuyendo la victoria a su reinado cristiano, enalteciendo el estandarte de la cristiandad, pero el dragón ha sido vencido gracias al sacrificio de un mago pagano. Es decir, el espíritu cristiano ya estaba en cierta forma en Ulrich, y lo que ahora empieza es esa fusión entre el mago y la cruz cristiana. Toda la película, en definitiva, se fundamenta en esa idea de que nunca podremos vencer al mal sin renunciar a nuestro propio ego y a nuestra propia individualidad, sin entregar la vida a un principio superior a nosotros mismos. Y eso vale no solo para la preservación de una comunidad en sentido amplio, sino también para preservar la relaciones interpersonales, en núcleos básicos como puede ser, por ejemplo, el matrimonio: es difícil que los dos miembros del matrimonio tengan la misma disposición a humillarse, pero uno de los dos tiene que ceder y humillarse, vencer el ego, siempre dentro de unas normas de respeto, dignidad y convivencia.
Las secuencias en las que, o bien Galen (Geylin) o bien Valerian se adentran en la tenebrosa gruta que lleva al lago de fuego donde habita el dragón, evocan esa idea alegórica acerca de adentrarse en lo oscuro de la vida y de la existencia, pues no podemos afrontar la oscuridad sin conocerla en cierto modo. De hecho, el mago Ulrich renace de sus cenizas en el mismo lago de fuego, de la misma substancia que cobija al dragón. Es allí, en esa gruta oscura, donde Valerian obtiene las garras, y las escamas de dragón con las que fabrica un escudo con el cual Galen puede protegerse del fuego del dragón. Quizás no es tanto vencer el mal con las armas y los atributos del mal, sino más bien comprender cómo funciona este mundo regido por el dragón y, como dice la Palabra, ser inocentes como palomas, pero astutos como serpientes.
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