Como rezaba el cartel de Dragones y mazmorras (2000), dirigida por Courtney Solomon, la fantasía épica medieval no es un juego, sino la dimensión mitológica de la realidad del mundo humano sometido al mal y al pecado. El contenido sociopolítico de la película es evidente: una lucha de clases entre magos y plebeyos, entre aristocracia y pueblo llano. Profion (Jeremy Irons) encarna la actitud elitista de quienes detentan el saber y el conocimiento acerca de las fuerzas de la naturaleza, es decir, los que pretenden dominar al dragon en provecho propio. Si trasladamos esto al mundo real, son aquellos magos (masonería luciferina) muy conocedores del anima mundi, que utilizan su saber para manipular a los que no tienen conocimiento de las realidades espirituales de la Naturaleza, o sea, la masa de consumidores que no tienen otro horizonte de vida que la búsqueda de dinero, reconocimiento social y placer. Los magos negros como Profion ocultan su saber precisamente para preservar el privilegio y el poder sobre los demás. La joven emperatriz que, supuestamente, sería la antagonista de Profion, pretende cambiar el sistema para que los plebeyos puedan estar en condición de igualdad respecto a la casta de magos. Pero el caso es que la emperatriz pretende competir con los magos negros utilizando la misma forma de magia: intentar dominar y controlar al dragón en provecho propio, por mucho que hable de iguadad y justicia. Profion encarna el argumento realista de que el pueblo no está preparado para recibir el conocimiento, y esa democratización de la magia traería la degeneración de esos tesoros de la sabiduría. Por su parte, la emperatriz encarna la razón idealista que cree en un mundo igualitario. Más allá de esa lucha política e ideológica, cargada de vanidad tanto de un lado como del otro, están los ladrones humildes y de buen corazón, y los elfos, que son parte de la magia (parte consciente, humilde y abnegada del anima mundi). Ellos, representación de los marginados y de las gentes sencillas que viven en íntima conexión con la Naturaleza, son los que marcan la diferencia y los que están destinados a vencer al régimen elitista de Profion*. En la secuencia más resolutiva de la película, el ladrón de buen corazón renuncia a utilizar el cetro que da poder sobre los dragones, eso que ni Profion ni la emperatriz son capaces de hacer, y decide luchar contra el mago con su propia espada. Renunciar a la vanidad de querer someter y controlar al dragón supone un acto de abnegación y humildad, es dejar que la naturaleza siga su curso, sin interferir en la vida del anima mundi. O sea, dejarlo todo en manos de Dios. Eso es vencer al dragón.
Aunque la historia y el contenido son valiosos, la película tiene demasiadas carencias. Aquí no hay un mundo físico y real, sino escenarios de cartón-piedra, los efectos especiales pésimos, el casting horroroso a pesar de Jeremy Irons, personajes mal caracterizados y escaso desarrollo aunque los roles están bastante bien definidos y, de alguna extraña manera, la historia consigue avanzar y tener una cierta entidad, pero con demasiadas lagunas.
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